El Kremlin de azúcar

El Kremlin de azúcar
Vladimir Sorokon
Con traducción de Jorge Ferrer Díaz
Acantilado, 2025

Dice Vladimir Sorokin al ser entrevistado por Joshua Cohen para The Paris Review que si escribir novelas con una estructura no lineal es ser un escritor posmoderno, pues puede que sí, que ese adjetivo le defina, pero que entonces deberíamos calificar igualmente algunas novelas de Gogol, o el Gargantúa y Pantagruel, de Rabelais.

Así hemos leído El Kremlin de azúcar, escrito en 2009 y recién publicado en Acantilado. Como un relato distópico, lleno de costumbrismo y sátira política en la misma línea que una gran parte de la literatura soviética del siglo XX. Una obra que puede leerse como un conjunto de relatos adscritos a un corpus o una novela que, a través de sus capítulos, nos va ofreciendo un relato caleidoscópico de una Rusia del año 2028.

En la ciudad de Moscú, en la que impera el culto y credo de los gobernantes, el racionamiento y las restricciones de los servicios pero en la que también convive una tecnología al alcance del más pobre, que sirve de soporte, ahorro y también vigilancia, los niños reciben cada Navidad una pequeña estatua de azúcar que representa el Kremlin. Un regalo que cada niño espera con entusiasmo pero que después es compartido e incluso arrebatado por sus familiares. Figura objeto de deseo que se presenta como el nexo de unión entre las diferentes historias de la novela.

Familias que viven en carestía llenas de ternura y plenas de tecnología; torturadores burócratas armados con química y hologramas; gobernantes ensimismados, obscenos y corruptos; colegiales aún ignorantes del futuro y obreros de existencia vacía que fabrican ladrillos para el Gran Muro que aísle el país.

Un mosaico de costumbrismo y futurismo que muestra cómo la pirámide del poder ruso erigida en tiempos feudales jamás ha recibido una reforma en sus cimientos, tan solo reparaciones en la fachada.

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