Museo de pérdidas
Valeria Correa Fiz, con el disfrute de alguien a quien le gusta jugar con las palabras, estirarlas, ver hasta dónde llegan, elabora su pequeño relicario personal, donde ella también es una de las piezas de museo.
Valeria Correa Fiz, con el disfrute de alguien a quien le gusta jugar con las palabras, estirarlas, ver hasta dónde llegan, elabora su pequeño relicario personal, donde ella también es una de las piezas de museo.
Y es que construimos nuestra identidad en base a los deseos, las limitaciones sociales y muchas veces, sobre las ascuas de lo que no nos gusta o hemos sufrido.
¿Qué hace falta para que aceptemos a alguien como uno de nuestro país? ¿Qué hace falta para que uno se sienta de ese país? Y si luchamos por la independencia del país, ¿a quién consideraremos invasor?
Ana Iris Simón hace un precioso homenaje a la tradición oral familiar, a esos relatos que crecemos escuchando a los abuelos, padres y tíos y que van cambiando según nosotros cambiamos.
Unas pocas páginas sirven para ver que la escritora no se acomoda y de nuevo se atreve con un estilo exigente, con una estructura fragmentada, quizá sabiendo que le esperan lectores deseosos de aceptar de nuevo su desafío.
Una novela que no deja de reflejar con hondura la vida única de los que han tenido que vivir en un mundo que cambiaba a una velocidad que impedía mantener lazos coherentes con el pasado.
Un remolino de voces interiores, donde el silencio y la intimidad se mantienen gélidos, pero donde no falta la ternura, ni la alegría
Cuando Jonathan Franzen abre el telón de esta novela, nos habla de la prosa de Fox a la altura de Udike, Roth y Bellow y cada vez más alto con cada relectura.