Toda una vida

Toda una vida
Robert Seethaler
Traducción del alemán de Ana Guelbenzu
Salamandra, 2017

La publicidad de este libro habla de un personaje insgnificante para la historia, de la vida de un individuo anónimo. Claro, afinar más para las notas de publicidad podría caer en cierto clasismo o simplemente ser malinterpretado. Porque en el fondo la vida del personaje de esta novela, Andreas Egger, es la vida de una persona anónima, sí, insignificante desde un punto de vista histórico pero, lo que lo hace un intento diferencial desde el punto de vista literario es que es una persona a la que calificaríamos de simple.

Este adjetivo que contiene un sesgo negativo en nuestra cultura, se distingue de forma singular por su desinterés por la introspección, por el análisis de la sucesión de causas y efectos, el azar o la capacidad de intervención de nuestra propia voluntad individual para manipular el guión que tenemos escrito.

Por esto es un libro singular. Porque hemos leído un montón de libros sobre seres anónimos pero en todos ellos el autor acaba proyectando una línea introspectiva, muchas veces, en los malos, más afín al autor que al personaje, en los buenos, reflejo de la aguda mirada del autor para empatizar con un personaje a priori opaco. Y lo importante es que el autor nos lleva de la mano a través de la historia de una persona cuyos instintos están abiertamente limitados a la supervivencia, incluyendo en ellos los afectos, las relaciones, sus escasas ambiciones, y que en ningún caso cae en un discurso introspectivo ajeno a la naturaleza del personaje.

Por ello recorremos sorprendidos la vida en la montaña, desde la horfandad de su infancia, hasta la supervivencia vital y los escarceos con la felicidad, como si transitáramos por una sesión de meditación, centrándonos en el aquí y ahora, en lo que el personaje tiene delante, en la importancia de la acción más cotidiana y no en la justificación de la misma, en su causa o en su efecto. Y esto nos traslada de forma orgánica a su mundo: la montaña, la naturaleza que la civilización va domando y que permite en su caso aún una vida «básica», las restricciones sociales más elementales y menos refinadas, los acantilados físicos y los afectivos. Y la prosa sencilla pero muy precisa, siempre consciente de no dejar ningún error de raccord, como en las películas de romanos en las que se ve a un miliciano con reloj en la muñeca, que se limita estrictamente a contar el ángulo personal de una vida.

Es una lectura diferente  y nos iremos dando cuenta cuando vayamos paseando por los senderos que nos traza y vayamos dejando línea a línea atrás las posibilidades infinitas de aventuras quizás más excitantes o sorpresivas, pero no tan reales como las que marca el andar firme, el compromiso con el camino que trazamos y que construye nuestra vida, la de este Andreas insignificante y humano.

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