Paseos.02: De lectores viajeros

El vagón de metro es quizá el sillón de lectura en el que paso más tiempo. Casi una hora de ida y otra de vuelta en transporte público han convertido esos asientos en el lugar donde más páginas devoro. Tanto, que ese rato tiene ya su ceremonia.

Cada día le dedico su tiempo a decidir dónde sentarme. Son sólo unos segundos, pero resultan de vital importancia. Hay un principio fundamental: siempre cerca de otro libro de papel abierto. Me gusta viajar acompañada de alguien que va pasando las páginas con cuidado, una a una. Localizado el sujeto con libro en papel entre sus manos, lo siguiente es ubicar un asiento libre, a ser posible con sólo viajeros a un lado y, a ser posible también, frente al lector del ejemplar fichado. Entonces los libros se saludan, y comienza el cortejo.

Mientras me acomodo en mi asiento levanto ligeramente la vista para identificar el título frente a mi. Mira, otro que se ha enganchado a Knausgård, ya va por el cuarto volumen. Qué pena no haberlo leído aún. Porque cuando de verdad se produce un flechazo es cuando el libro en el punto de mira ha pasado por mis manos. Recuerdo un trayecto en el que el vagón iba especialmente lleno de gente. Entre tanto empujón, recibí un golpe. Al girarme descubrí que el involuntario agresor era un Tierra de campos, apenas un mes después de haberlo leído yo. ‘¿Esto se hereda?’, me dieron ganas de gritarle en modo cómplice.

Satisfecha mi curiosidad en apenas unos segundos me dispongo a abrir mi libro. Lo hago con cuidado, dejando a la vista mi cubierta para mi aliado. Sé que el dueño de ese Anagrama también levantará la vista para ver que es El Ferrocarril subterráneo, el título de Whitehead publicado en Random House , el que me acompaña hoy. ¿Tendrá curiosidad por saber de qué va? La mía por averiguar si es así no dura apenas tiempo, ya mis páginas están abiertas y toda mi atención está en acompañar a Cora, su protagonista, en su huida.

Próxima estación: La Latina. He llegado a mi destino ¿Dónde se ha metido Knausgård? Araño unas pocas páginas más mientras abandono la estación. Mira, otro joven con Stephen King entre las manos, el segundo de esta semana. ¿Y aquél? No hay espacio para la adivinación. Llego al Teatro Pavón Kamikace con ganas de disfrutar de nuevo de un texto de Pascal Rambert. Después de La clausura del amor, vengo dispuesta a ser volteada de nuevo con Ensayo, a abrir nuevos interrogantes, a emocionarme, a dejarme atrapar.

Me dejo llevar por la obra. Y escucho.

«… ¿acaso hay algo más bello que mirar a alguien leyendo?
la gente no mira a la gente leer
yo miro a la gente leer cuando viaja
miro los pechos
leemos con el pecho
el pecho muestra al exterior lo que la literatura
produce en el corazón
la literatura entra por los ojos pellizca el corazón y
estalla en el pecho como un cohete en la noche
el pecho se hincha crece interrumpe acelera se retrae
transpira y se suspende
si a eso le sumamos las mejillas los labios las sienes la
mirada y la mano vemos el texto trepar y aparecer en
la piel
entonces leemos el libro al mismo tiempo que el
lector mirando su cuerpo
sí es posible»

De camino a casa mi rutina cambia. Ahora no puedo apartar los ojos de esos pechos que se hinchan, esas manos que acarician el papel, esos ojos que se deslizan silenciosos por encima de las palabras. No, esta vez no sé lo qué están leyendo pero… ¡qué bonita locura compartida!

Paula Fuertes

 

 

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