
Recuerdo la extrañeza de ver al actor Carlos Chamarro representando el personaje de alguien que podía ser yo. O si no yo, alguien a quien yo podía representar: un librero. Pero en aquella época yo no era un librero cualquiera, claro, sino uno inexperto, de tercera regional si me pongo simpático. No digo con ello que ahora sea mejor, aunque durante estos años me he esforzado. No obstante, para aquel estudiante de periodismo que fui, con algún que otro fracaso a mis espaldas, trabajar en la librería era un reto y un privilegio, una casualidad, una suerte, un accidente.
Es imposible concebir una librería sin lectores, y no me refiero solo al plano económico, sino al afectivo, y al de intercambio de gustos literarios que se genera entre unos y otros. Cuando esa relación es fluida, el enriquecimiento es mutuo. Al final, una librería no deja de conectar a lectores, crear una sintonía propicia para la lectura. «Una librería es una estafeta de afectos», señaló un día Antonio Lucas en una entrevista que le hicimos en La Buena Vida.
La librería (Impedimenta, 2010) es otra narración que encuentra en estos espacios coronados de anaqueles su razón de ser. Esta vez es Florence Green, una mujer inocente y solitaria que vive en un entorno rural donde se puede respirar la mezquindad de la vida de provincias. Southwold es un pueblo que carece de aspiraciones culturales. Si a eso le añadimos un caso de poltergeist, encontramos una narración de la que se pueden hacer múltiples lecturas. ¿Tienen las librerías vida propia?, me pregunté después de leer la novela que Isabel Coixet acaba de adaptar al cine. El libro, de nuevo, está basado en la experiencia personal que Penelope Fitzgerald tuvo como librera en un pueblecito, caso de poltergeist incluido.
Estos son algunos libros que me han contado algo que vivo a diario. Pero la realidad siempre es más pedestre, más cruda y menos poética que la literatura. Aun así, hay días en los que he sentido una epifanía a última hora, cuando me he quedado a solas en la librería. A veces he tenido la sensación de que la librería tiene vida propia, como si una fuerza ajena a la humana capitanease ciertos temblores. Entiendo que sólo son sensaciones alteradas por la cafeína de la tarde o la cerveza de última hora. Aunque a veces me viene una idea más excéntrica aún, un pensamiento que se me posa en la cabeza muy de vez en cuando: durante todos estos años que he estado trabajando aquí, he tenido varias relaciones sentimentales, ninguna ha durado tanto como la que mantengo con La Buena Vida. Hay días en que he pensado que mi novia es una librería.
@cercodavid es David García Martín
