Periférica
A veces un libro define otro libro mejor que las palabras que le surgen a uno al acabar de leerlo. Porque, a pesar de no estar conectados entre sí, se identifican y comparten, fruto de una circunstancia lectora, una especie de puente levadizo que une sus historias.
Esto es lo que ocurre con el último libro de Yuri Herrera, que te lleva, por esos caprichos que tiene la memoria, hasta Homer y Langley, de E.L. Dowtorow. Uno abre sus páginas y parece que el autor americano se adelanta y resume con perfección, desde otro ángulo de la ficción, desde otro tono, lo que transita por La transmigración de los cuerpos: “Ser hombre en este mundo es afrontar una dura realidad de circunstancias atroces, saber que sólo existen la vida y la muerte y tormentos humanos tan diversos como para desconcertar a cualquier personaje de la índole de Dios (…) Y si al final resulta que Dios existe, deberíamos darle las gracias por recordarnos Su horrenda creación y disipar cualquier esperanza residual que pudiéramos albergar ante una vida futura de fatua felicidad en Su presencia”.
Yuri Herrera transmite en su nueva obra que la palabra es el arma.
Es cuerpo.
Materia.
Ergonomía.
Enfermedad sin nombre.
Sexo.
Paisaje.
Yelos enjuagados y sangre.
Perro negro.
Tapabocas.
Herrera sabe que (tan bien usada) la palabra es magia.
Medicina.
Sueño.
Inquietud.
Condón apelado y farmacia abierta.
Carrera hacia mil nadas y mil todos.
“Un milagro de tetas y diéresis”.
Sed. Sudor. Piel.
Empeño consensuado.
Almas que rellenan la materia hasta hacerla migrar.
Excederse.
Como si se tratara de un morir continuado.
El afán del polvo por hacerse vida y generar pelea.
Un arrebato de violencia y venganza donde “la gente toda es como estrellas muertas”.
Habitáculos efímeros. Audacia ocasional.
Es fantástico.
