Hace no mucho el discurso sobre cierta variedad se quedó en peras y manzanas.
Pero estos días, como el calor aprieta y lo poco que apetece comer es fruta, para los libreros como nosotros la discusión se ciñe a las manzanas.
A las de Apple, con sus mordiscos electrónicos como los de la madrastra de Blancanieves, y a las otras manzanas, que van y vienen en cajas -como las de La Buena Vida, que han empezado su tournée de un local o otro-, que se pueden tocar, y se descargan del modo tradicional: de la huerta a la furgoneta de la cooperativa, de ahí a la frutería, atendiendo a la demanda, para que lleguen a las manos del consumidor habitual.
Los libros tienen su propio peso. Apple y otras cinco editoriales no pueden hacer con ellos lo mismo que los compradores de oro de la calle Arenal con sus chalecos reflectantes: alterar la báscula para ganar más y hacer negocio, a costa del empeño de los otros. Sus manzanas crían gusanos que no aceptan la morera como forma de pago, y nos deja a los libreros cabreados, ante tanto descrédito electrónico, de cuerpo evanescente que amplifica aún más el efecto invernadero.
Mañana sábado 20 de julio, a las 22.15, Brillante Mendoza nos acercará a Lola (2011), la forma que tienen los filipinos de llamar a las abuelas, a la sala 1 de la Filmoteca. La fortaleza y entrega de dos matriarcas abatidas por la pérdida de sus nietos -uno es asesinado por el otro-, como demostración de que la justicia puede ser un rescate que está por encima de la pérdida y la miseria.
Ya sabemos que estás al tanto de nuestra segunda cuestión a debatir, pero dinos si eres un comprador autónomo o de los que hace oído y sigue con interés los pizzicatos de su librero. Ahí queda.
