Un tal Cangrejo

Un tal Cangrejo
Guillermo Aguirre
Sexto Piso

Bilbao ciudad oscura. Sus hijos solo existen en las horas en las que la noche se alarga antes y después de la hora de la cena. Esos niños ocupan plazas y parques, castillos y barcos de plástico; una ciudad conquistada por sus chavales, Bilbao de miedo, ambición y fin del mundo: «sola estaba la ciudad frente a un mar rugiente y de espaldas a una montaña interminable en donde se despeñaban los perros de la intención». En el margen de sus parques siempre un perro y un niño esperan impacientes su lugar en la historia de la villa. En esta historia ese niño es Cangrejo, Grejo o Grejillo, que, ya a sus ocho años, se acerca al centro del parque y decide que él también quiere mandar. Cangrejo, pese a la normalidad del despertar y de su violencia, pertenece a una de las generaciones con más fracaso escolar, una de las más perdidas: en la década de los noventa, Cangrejo crece fuera de la familia y sobrevive en el mundo oscuro, misterioso y profundo de los adultos.

Sin duda, el interés radica en la profundidad de sus personajes, pero la estructura de Un tal Cangrejo llama también la atención. Estamos frente a una novela picaresca dividida en una primera parte en la que aún hay inocencia, titulada «Paraíso y tentación»; una segunda, «Caída», donde se narran los aspectos más crueles, tensos y crudos de la ley de la calle; y, por último, «Promesa de redención». Sin embargo, y aunque su trama es mayoritariamente lineal, el interés que definitivamente agarra al lector se da cada ciertos capítulos, tras los cuales Guillermo Aguirre inserta, ya desde un presente en el que Grejo está desaparecido, líneas de diálogos de los personajes. Esto lo hace a la manera teatral, acotaciones socarronas incluidas, como: «(sentado tras una mesa blanca de comedor de Ikea, con un televisor plano de plasma al fondo y una botella de güisqui en la mesa, un vaso bajo)». Estas intervenciones, todos de personajes que conocieron a Grejo, hablan de él para entenderlo e incluso conformarlo, como si su vida tuviera que, efectivamente, narrarse, y cada uno tuviera un sentido distinto que darle.

«Madurar es aprender a prescindir», dice la madre de Cangrejo. Estamos frente la historia de un niño del que solo conocemos su apodo y que, como Alonso Quijano, siempre tuvo predilección por imaginar de más quién era él, quiénes sus amigos, quiénes sus padres. Es así como Cangrejo, alejado de las aulas del colegio, sigue mirando con ojos de niño la violencia, el sexo y el dinero: ve gladiadores, caballeros, princesas y castillos medievales para copar con la brutalidad de la sociedad y de la calle. A lo largo de la novela, vamos encontrándonos con personajes que, salvo contadas excepciones, solo se mueven en la traición y el lenguaje de la amenaza. Así, por ejemplo, en las primeras páginas conocemos a Toni, dueño con catorce años de una moto, con un tatuaje en su antebrazo de un águila del ejército falta de color, de vuelo y motivación, que había convencido a la profesora de Historia que debía aprobarle «por el bien de la propia historia, la suya particular y esa otra general que incluía a Napoleón».

Un tal Cangrejo es una novela tensa, divertida y lírica, tres tonos complicados de aunar en un texto, y Guillermo Aguirre lo consigue con creces. Recomendamos leerla tras una mesa blanca de Ikea, un televisor de plasma al fondo y con una botella de güisqui en la mesa, en vaso bajo. Salud.

Andrea Navacerrada

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