La máquina del amor sagrado y profano

La máquina del amor sagrado y profano
Iris Murdoch
Traducción de Camila Batlles
Impedimenta, 2022

En esta novela, Iris Murdoch tiene la tranquila audacia de buscar ya no la originalidad en el tema o en la forma, sino de presentarnos unas costuras tan minuciosamente exploradas de un tema tan visto —un triángulo amoroso— que parece que uno estuviera leyendo sobre él por primera vez en su vida.

Así como hay ciertas situaciones fundamentales de la vida que siempre parecen estar ocurriendo por primera vez cada vez que ocurren, el escritor que las ve y las siente con suficiente profundidad y nos la transmite también puede borrar de ellas la acumulación y la iteración. El poder de La máquina del amor sagrado y profano no radica tanto en la historia en sí misma (tiene una trama que, en otras manos, fácilmente podría pasar por otra novela más), sino en la escritura detallada; la mirada del narrador, compasiva y analítica, sobre la historia.

Un hombre tiene una esposa a la que quiere de verdad y con la que vive en una comodidad sólida y envidiable. Este hombre también tiene una amante a la que quiere de verdad y a la que visita en su apartamento feo y andrajoso. Comentamos el espacio porque, creemos, es un ejemplo de cómo ese narrador tan puntilloso simboliza la relación con las mujeres por el entorno físico que ellas habitan. La relación con la esposa, esa máquina del amor sagrado, está alimentada, al menos en parte, por el egoísmo y la posesividad; por su parte, la máquina del amor profano, aunque reconoce y se deleita en los impulsos más oscuros y obsesivos de la vida sexual, también tiene una profundidad y una pureza, en cierto modo un olvido de sí, que prohíbe una dicotomía bien definida como aquella que marcara Shakespeare en El rey Lear.

Blaise Gavender, el hombre del triángulo, es un psicoanalista de éxito. Su esposa Harriet proviene de una familia de militares (es “hija de un soldado, hermana de un soldado”, pensamiento que la ayuda a sostenerse en momentos de estrés). Es necesario señalar el detalle de sus profesiones, porque es muy característico del mundo de Iris Murdoch y es lo que nos acerca a la gran literatura inglesa de un Henry James o Virginia Woolf: Murdoch escribe, generalmente, sobre personajes cuyos problemas no son financieros o materiales (exitosos, ricos y acomodados) y, por lo tanto, todos ellos están en condiciones de experimentar sus problemas emocionales como problemas puros, sin complicaciones secundarias. Para la mayoría de nosotros, nuestras vidas emocionales están indisolublemente ligadas a nuestras vidas financieras: tomar nuevas decisiones y los cambios radicales cuesta un dinero que, para la mayoría de nosotros, simplemente no está allí, y esto reduce nuestro campo de elección y nos confina, en su mayor parte, a meras fantasías.

El personaje que se sale del círculo, en este sentido, es esa máquina de amor profano, Emily McHugh. Hija ilegítima, autodidacta, sin dinero, sin familia ni estructura social de apoyo: si hubiera tenido estas ayudas, nunca habría caído en la posición en la que la vemos, virtualmente cautiva. Su interminable diatriba de quejas a Blaise, cuando este con excusas inventadas se escabulle de casa y la visita, son un jarro de agua fría de realismo y actualidad.

Alrededor de esta agrupación central gira la habitual galaxia Murdoch de personajes secundarios: un popular escritor de novelas de suspenso que está sufriendo un duelo devastador y un erudito de Oxford cuya naturaleza es parasitaria, que cobra vida solo cuando puede sentir que es útil y necesitado por un otro más fuerte. Además, en cada una de las casas de Blaise, este “tiene” un hijo: uno alto, guapo y autodidacta; el otro retraído, casi sobrenatural y errante: ambos magníficamente retratados.

La cuestión de fondo: mantener la máquina, conciliar la relación de tres, mantener ambos amores en su vida sin que la rueda explote. Todo ello, repetimos, narrado con un cuidado y un detalle solo propio de una gran escritora.

Andrea Navacerrada

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