El señor Wilder y yo

El señor Wilder y yo
Jonathan Coe
Traducción del inglés de Javier Lacruz
Anagrama, 2022

Las estrellas no mueren en silencio sino que envejecen con furia, se hinchan con su propio combustible, colapsan sobre sí. En particular las estrellas de Hollywood. «Soy grande. Son las imágenes las que se han vuelto pequeñas», dice el personaje de Gloria Swanson en El crepúsculo de los dioses. Billy Wilder, que escribió esa famosa línea, sufrió una degradación similar en el firmamento hollywoodiense a finales de los 70.

Tras una serie de fracasos en taquilla, Billy Wilder se encontró, como dice él mismo, «arrastrando su trasero por Hollywood» en busca de alguien que respaldara su próxima película. Para los ejecutivos de los estudios, que nunca permitieron que el buen olfato artístico se interpusiera en la viabilidad comercial, una película de Wilder ya no era rentable. Es en este estado de decadencia como se nos presenta el cineasta en la nueva novela de Jonathan Coe. La narradora, Calista Frangopoulou, que en la actualidad se encuentra también estancada, familiar y profesionalmente, reflexiona sobre una cena accidental que mantuvo con el director y su compañero de escritura, I.A.L. Diamond, en pleno rodaje de la penúltima película de Wilder, Fedora. Tras ese encuentro, Calista, cuya historia enmarca el libro, se convierte en la intérprete del director en las entrevistas de los periodistas griegos: «Solo recuerdo que comencé, por primera vez, a sentir un poco de lástima por él.»

Jonathan Coe consigue en esta novela canalizar su propio humor irónico presentándonos la figura de un Billy Wilder trágico pero divertido, rechazado por todos y preocupado por la nueva generación de cineastas, «los niños con barba», como Scorsese y Spielberg:

«Esa gente piensa de esa forma. Hicimos cien millones de dólares con ese tiburón, pues necesitamos otro tiburón. (…) A mí se me ocurrió la idea de una película titulada Tiburones en Venecia. (…) Se la pasé de broma a un tipo de la Universal. Pues se la tomó en serio. Le encantó. Le dije: Vale, genial, te regalo la idea, pero yo no te la voy a dirigir. No es que me fascinen los peces, la verdad. (…) Soy más un director de seres humanos.»

En esta novela, justo debajo de la risa está el dolor; el humor de Wilder es tanto su armadura como su liberación. Tanto Coe como Wilder son intencionalmente evasivos, especialmente en un capítulo en el que el director reprende a un negador del Holocausto con descripciones de imágenes que vio de campos de concentración entre las que esperaba encontrar a su madre desaparecida. Este capítulo, no obstante, tiene la forma de un guion cinematográfico. Aquí la evasión: los personajes de esta novela lidian con el trauma distanciándose de él.

Andrea Navacerrada

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