La cantina de medianoche

La cantina de medianoche 1, 2 y 3
Yaro Abe
Traducción de Alberto Sakai Fonseca
Astiberri

Esta pequeña cantina de Shibuya no tiene ni nombre, ni más de un plato en el menú ni te dejan tomar más de dos bebidas alcohólicas seguidas si no lo permite su dueño. Las reglas son claras, pero no sirven para nada: cada persona que entra puede pedir el plato que más le apetezca y el cantinero, si tiene los ingredientes necesarios, prepara todo aquello que invoca recuerdos y anuda promesas para el futuro.

En La cantina de medianoche no existe el calendario ni los meses, solo las comidas estacionales y los veranos con la sandía entre las manos, los inviernos con ramen caldoso y las familias que se crean gracias al oyakodon, el arroz de padre e hijo que no mezcla solo pollo y huevo sino a personas perdidas en las calles de la gran ciudad. Hay habituales siempre acodados en la barra y gente que aparece por temporadas. Algunos acaban de llegar a la ciudad, frecuentan su vida nocturna y esconden secretos criminales cuando piden ensaladas de verano en lo más frío del invierno. 

Cada uno de los capítulos de estos tres volúmenes publicados hasta la fecha que empuja a apuntar cada uno de los platos que van apareciendo ante tus ojos, como si en vez de ante un manga estuvieras en una de esas cintas de sushi en la que te apetece coger todo lo que pasa por delante de tus ojos. Así, cuando se pasa la hora de la cena me acuerdo de esa chica que aparecía por la cantina a horas intempestivas y pedía «comida de gato». Y cuando acabas los tres y quieres seguir volviendo a tu barra favorita de Tokio tienes una serie en la que, al final de cada capítulo, te dan las buenas noches. Pero nada se parece a los claroscuros de este manga.

Pilar Torres

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