Cosas que no quiero saber

Deborah Levy
Traducción del inglés de Cruz Rodríguez Juiz
Literatura Random House, 2019

Ha estado a punto de pagar el pato de la expectativa. ¿No te ha pasado nunca? La forma en la que se edita un libro genera una imagen previa que puede afectar positiva o negativamente en su lectura. En mi caso, el hecho de que el editor haya decidido sacar como volumen normal cada una de las entregas de esta Autobiografía en construcción, en la colección normal, estuvo a punto de dar al traste con la valoración que hacía del mismo. Un poco poco, me dije a mí mismo. Hasta que pensaba en cómo contar algo del libro.

Entonces me reencontré con perlas en cada una de las líneas temáticas de más peso en el volumen: la maternidad y la idea de mujer, la escritura, la búsqueda de la propia identidad y la pérdida de la infancia. Entonces me di cuenta de que el volumen era brillante y que si hubiera acogido en un mismo tomo las dos siguientes partes habría sentido un entusiasmo evidente para seguir leyendo al llegar al final del texto, que sería una primera parte.

«A veces en la vida no se trata de saber dónde empezar, sino de cuándo parar» y

«si las escaleras mecánicas» sobre las que uno se mueve pasivo «se habían convertido en máquinas de tórrida emotividad, un sistema que me transportaba a lugares a los que no quería ir, ¿por qué no comprar un billete a algún sitio al que sí quisiera ir?»

se convierten en la chasca que alumbra la salida a un momento vital en el que la autora, presa de la necesidad de expresarse mediante la literatura, va encontrando una voz y cimientos sobre los que sostener una identidad, también la de una escritura.

La mirada al pasado, a su experiencia como madre y la pérdida de su identidad individual para adaptarse al rol social que supone y del que se veía rodeada como quien descubre en lo igual de los otros, lo que le diferencia y no quiere ser,

a su infancia y la pérdida de esta, que resume en retazos de un memorable lirismo y capacidad sintética descriptiva al rememorar el divorcio y la prisión de su padre, o cierto periodo de su educación formal y familiar

sin ignorar el compromiso con la injusticia, que analiza por simple humanismo sin posicionamiento político con simplemente un criterio claro «si haces cosas malas a la gente, no te sientes a salvo. Y si no te sientes a salvo, no te sientes normal. Los blancos no eran normales en Sudáfrica.»

nos descubren a una escritora grande que este volumen aislado no permite apreciar en su justa brillantez. Y disfrazada de levedad, nos acercan con hondura a la aventura y dificultad de crear un identidad propia, realmente independiente de los roles que se nos dibujan al nacer, por raza, clase, género y época y, en cierto modo, sonreímos «sabía que sonreír era como los amuletos que algunas chicas se colgaban de las pulseras. Duendecillos y corazoncitos de plata que tintineaban en las muñecas bronceadas para traerles suerte y espantar el mal de ojo. Sonreír era una manera de no dejar entrar a la gente en tu mente, incluso aunque la abrieras al separar los labios.»

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