Oficio

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Seguéi Dovlátov
Traducción del ruso de Tania Mikhelson y Alfonso Martínez Galilea
Fulgencio Pimentel, 2017

Hubo quien salió, mientras pudo, tras la revolución cuyo aniversario ahora recordamos. Una segunda emigración ocurrió como consecuencia de la IIª Guerra Mundial pero, ¿qué sabemos de la tercera generación de rusos que emigró en los años ’70? Eran personas que habían sobrevivido, colaborado o aprendido a cohabitar con el régimen soviético burocratizado y, aún así, deciden salir en pos de una libertad que echan en falta como el oxígeno. Pero acerquemos el foco, dejémonos guiar por Dovlátov, para conocer sus caras, sus anhelos, sus vidas y aprovechemos para disfrutar de un relato construido a base de brochazos, con diarios, anécdotas, testimonios de conversaciones cruzado por un sentido del humor brutal y una sinceridad aplastante.

Seguiremos a un joven autor que respira literatura y que ansía publicar su obra en la Unión Soviética convertida en un enorme camión cuesta abajo en la que se van haciendo pequeñas reparaciones hasta que acabe estrellándose, pero en la que nada funciona bien, un camión del que van saltando todos los que pueden en cada parada, en cada desaceleración, aunque sea para acabar en un charco.

Los años ’60 con Dovlátov ya escritor teniendo que convivir con sus aspiraciones y talento frustrado en oficinas de burócratas sedados por una interminable persecución de pequeños lujos y, por supuesto, mucho vodka y cinismo. Porque lo que hizo el régimen soviético fue elevar la mentira a estado mental, interiorizarla en sus habitantes hasta que estos la abrazaron hasta en sus más pequeñas y privadas manifestaciones.

Pero también descubriremos a un Dovlátov y su fauna para los que la literatura es algo importante, una pulsión espiritual de la que no esperan recompensa más que la propia realización y, con esos mimbres, un día dan el salto a un Nueva York que los acoge en sus pequeños barrios de inmigrantes, donde intentan integrarse pero en los que replican sus patrias y sociedades abandonadas. Y ahí aparece la lucidez de una mirada sincera, en la que el propio autor se descubre desnudo, sin posibilidad de convertirse en una escritor maldito por disidente, sino convertido en uno más de los increíbles talentos que pelean por hacerse un hueco en una sociedad que t¡ya no les enfrenta al racionamiento, sino a la abundancia, de comida y talento, en la que tendrán que abandonar lo que habían aprendido para sobrevivir en su Rusia, por otro lado siempre presente.

«No somos ni mejores ni peores que los viejos emigrados. Tratamos de solventar los mismos problemas. tenemos sus mismas debilidades. Sus mismos complejos de forasteros y de novatos.

Como ellos, tenemos el alma herida por el recuerdo de nuestra horrorosa patria.

Odiamos y maldecimos a sus tiranos. Recordamos a los amigos de quienes nos vemos separados.

No somos ni peores ni mejores que los viejos emigrados. Somos diferentes, simplemente…

Tenemos que derrotarnos a nosotros mismos. Derrotar al siervo y al cínico, al cobarde y al ignorante, al gazmoño y al arribista que habitan dentro de nosotros.»

Una pelea que seguramente, en diferentes colores y lugares, se vive en cada generación, y convendría leer a Dovlátov porque ya no ha conocido la guerra, pero si ha estado a punto de morir por alienación espiritual, y ver cómo es capaz de sacar la cabeza y respirar, y fundar una pequeña república independiente basada en su amor a la literatura.

Este es un autor que, dicho todo lo anterior, va uno a leer entre carcajadas, con un ingenio y una ternura por sus propios defectos y los ajenos que solo da el talento y del que extractamos para terminar su consejo a los escritores que quedaron en su patria, después de que él haya conseguido publicar sus cuentos casi a su pesar en el New Yorker, y que pueden valer para aquellos que viven del malditismo que permite el no ser publicados:

«Tarde o temprano os publicarán. Y tenéis que estar preparados para eso. Porque vuestras fantasías de genio no reconocido se desvanecerán en ese mismo instante.

Me temo que muchos de vosotros acabaréis siendo escritores de nivel medio. No hay que preocuparse por eso. Solo la gente vulgar teme quedarse a medio camino. La mayor parte de las veces, lo más importante sucede precisamente en esa franja de terreno….

El caso es que escribís para vosotros mismos. Para alguien a quien conocéis bien y que os es muy cercano. Para el monstruo que os observa con aversión cuando os peináis ante ele espejo…»

 

 

 

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